domingo, 5 de marzo de 2017

Persona como sistema dialéctico binario con cualidades emergentes 2a parte.



Persona como sistema dialéctico binario con cualidades emergentes.
·       Describir un problema y justificar por qué el pensamiento sistémico puede ayudar a resolverlo y no otro tipo de pensamiento como el reduccionista.
El problema básico que está detrás de la propuesta de la persona como sistema dialéctico binario es un problema de axiología. Las versiones clásicas de la axiología son u objetivistas o subjetivistas, si lo primero, o los objetos tienen características que los hacen valiosos por sí mismos y doblegan el deseo humano de manera necesaria y universal, de manera que todos debiéramos apreciar y desear el mismo objeto por las características intrínsecas del mismo; o los valores son objetos ideales y por tanto también universales, absolutos y necesarios que proyecta el ser humano en las cosas. Por otro lado, si lo segundo, los valores son relativos, particulares anidados en los caprichos y las emociones personales o la particular psicología de cada quien. Estas posturas han sido determinadas por el paradigma reduccionista imperante que, si bien ha dado buenos resultados en muchas áreas, no lo ha dado en la axiología.
Cuando trasladamos el problema a la temática de los derechos humanos como principios ético jurídicos con pretensión de universalidad el problema se exponencia. Tomo la idea de Rizieri Frondizi, quien su libro, ¿Qué son los valores?, intenta zanjar el problema aduciendo que son cualidades relacionales emergentes. Es decir, los valores son cualidades que no dependen sólo de la subjetividad o de las características objetivas del objeto, sino de una intersubjetividad situada.
El pensamiento sistémico es mucho más potente en su poder explicativo, para comprender la fenomenología de esta intersubjetividad situada y las cualidades relacionales que emergen de ella, que dependiendo de la funcionalidad o disfuncionalidad del sistema podríamos ver como derechos humanos o como relaciones de opresión. Así los derechos humanos escapan del absurdo reduccionismo normativista, lo mismo que el propio derecho y se pueden mirar como un fenómeno complejo, con las ventajas que de la mirada de la complejidad se derivarían.
·       Identifica y justifica por qué el sistema se detalla a cierta escala (micro, macro o meso).
El sistema se detalla a escala de la persona, pero entendida no como individuo, sino como sistema binario, que interdepende de otro como él para ser él mismo y ambos interdepende3n del entorno que está conformado por una cultura formada por la reproducción de las iteracciones intersubjetivas de todas las personas en sociedad. El modelo se reproduce similar a diferentes escalas, tanto hacia el interior como sistema psíquico que también interdepende de la otredad interiorizada como superyó, como hacia el exterior en la intersubjetividad situada y en las interdependencias de esa intersubjetividad, o sea aumentado a escala social, y puede replicarse el sistema a escala nacional, cultural y global, mirándose las diferentes escalas como fractales unos de otros.
La escala personal, interpersonal se justifica, porque es la media, meso, mínimo de comprensión, que permite la comprensión hacia la interioridad y hacia la exterioridad, ya que es la escala de la percepción de cada persona y del acontecimiento del fenómeno de manera perceptible.
·       Determina y describe claramente las interacciones relevantes.
La interacción más relevante ocurre a nivel interpersonal, aunque, insistimos, se reproduce hacia la interioridad y hacia la exterioridad en distintas escalas. El ser humano se abre en la expresión que lo pro-eyecta hacia afuera de sí al mundo, típicamente otro ser humano. Se abre también en la receptividad de la información, conocimiento, experiencia, de la expresión del otro, y en esta ida y vuelta de información ambos términos del sistema, ambas personas se redeterminan, ocurriendo una síntesis que los cambia a ambos y a la vez, sin homogenizarlos o igualarlos de manera homogénea, los hace comunes, los comunica y comunica el mundo, hace también común el mundo.
Hacia el interior la estructura del sistema está significada por el pathos, temperamento físico-biológico determinado por el genotipo que en un principio determina a su vez la acción; este pathos puede mirarse como el ello freudiano o pulsión de placer que busca evitar el sufrimiento y eliminar la fricción con el entorno, determinando una forma de hacer, una forma de vida (εθος) que a su vez redeterminará una forma de ser o carácter (ηθος). Otra parte sería la capacidad de consciencia de sí en el tiempo, del otro, del entorno, o logos (yo, en la terminología freudiana), que depende de la interiorización psíquica de la otredad o superyó, principio del deber o de autoridad, a través de la educación (in put y out put de información) para su funcionamiento adecuado, una percepción adecuada de la realidad. Idealmente el logos debe pasar a sustituir mayormente al pathos, en la determinación de la acción ya que esta acción hacia el exterior redeterminará a su vez la personalidad o carácter, la forma de ser en el mundo o ethos. Es decir, en la terminología aristotélica, nuestras acciones están determinadas por la búsqueda de la felicidad entendida como no fricción con el mundo, adaptación a éste y de éste; esta búsqueda es ciega e impulsiva y tardaría demasiado tiempo en dar buenos resultados por lo que sólo a través del compartir conocimientos y experiencias de otros (la herencia cultural), se despierta la consciencia para hacerlo de manera dirigida, de tal forma que se acelere el proceso y en el curso de una vida pueda lograrse la estabilidad del sistema. Somos lo que, con los otros, hacemos de nosotros, nuestra personalidad o carácter está determinado por lo que hacemos en nuestra interacción cotidiana con los demás.
·       Describe la dinámica, retroalimentación y emergencia entre los componentes del sistema.
Sí la educación o prealimentación social además de la prealimentación genotípica, en la interacción con los otros no se realiza de manera adecuada, de manera que las apreturas y cierres se den con las menores fricciones posibles, entonces la interiorización de la otredad o superyó puede ser inadecuada por exceso o por defecto, tendrá dificultades para medir la realidad, expectativas irreales, baja tolerancia a la frustración, tendencia a que el sistema se cierre manifestada como incapacidad para expresarse asertivamente. Eso hará que las relaciones con los otros sean de mayor fricción queriendo someterlos o siendo sometido por la otredad; la retroalimentación del sistema no se lleva a cabo de manera adecuada ya que no se efectúa una síntesis que preserve a ambas partes del sistema, sino que tiende a la homogenización e igualitarización; esto último no sería funcional y llevaría a la entropía y destrucción del sistema Es decir, el sistema es mayormente cerrado, no habiendo disposición al reconocimiento de sí ni del otro. Esta indisposición ocasionará la emergencia de cualidades relacionales disfuncionales, tipificadas como relaciones de opresión o cualidades opresivas, exclusión del otro en la comunicación, marginación de lo común, explotación de fuerzas, imposición de ideologías para preservar la relación e dominio y violencia de todo tipo. No existe la capacidad emocional de empatía, reconocimiento y respeto del otro y exigencia asertiva de dicho reconocimiento y respeto.
Si la retroalimentación es adecuada, habiendo una redeterminación de ambas partes, con una síntesis que no homogeniza sino que aumenta con la otredad preservando la autenticidad, la educación crítica y completa incluyendo educación emocional en resiliencia y asertividad, el sistema funciona de manera adecuada con tolerancia a la frustración y redeterminación de la impotencia que cierran el sistema, existe un adecuado reconocimiento del otro y respeto de la diferencia. Las cualidades relacionales que emergen de este tipo de relaciones funcionales son las contrarias de la opresión, con aumento de poder de transformación y elección, dignidad, emancipación, libertad, inclusión, deliberación, asertividad, capacidad de negociación.
·       Describe y justifica el tipo de sistema (frágil, robusto o antifrágil).
El sistema dialéctico binario puede ser las tres. Típicamente es frágil en la infancia, pequeños cambios generarían grandes cambios en el sistema, en la persona; en esta etapa de evolución del sistema es deseable mantener la estabilidad y funcionalidad del mismo mediante cambios en ambiente controlado, es decir, el ambiente debe presentar pocos cambios para preservar la funcionalidad del sistema. Eventualmente se vuelve robusto, preserva su funcionalidad ante grandes cambios. Lo ideal es que el sistema sea antifrágil, es decir, no sólo que preserve su funcionalidad ante los cambios, sino que mejore su funcionalidad con los mismos, con la capacidad de transformación que llamamos dignidad como cualidad emergente del sistema, así lograría preservar su autenticidad, pero redeterminándose con las retroalimentaciones de la diversidad de la otredad. Esto logra que el sistema preserve la diversidad, la incluya, y a la vez permita la identificación en la igualdad, la común unión sin homogenización entrópica.
·       En las conclusiones, determina la pertinencia del uso del pensamiento sistémico para la solución del problema, así como los beneficios de su aplicación en tu vida cotidiana.
Creo que sólo la teoría de sistemas complejos es capaz de explicar la complejidad del ser humano y sus relaciones entre sí mismo en el tiempo, relaciones con los otros múltiples y diferentes, y relaciones con el entorno, típicamente ecosistema. Es una forma de entender a demás cómo emergen cualidades funcionales y disfuncionales que llamamos valores o disvalores ya sea que funcionalicen el sistema o lo hagan disfuncional. Esto no se logra con la axiología típica de la modernidad reduccionista, pero se explica muy bien con la teoría de sistemas.
Me ha sido muy útil en mi actividad académica para explicar derechos humanos no como conceptos construidos por la subjetividad de la cultura occidental y por tanto con riesgo de ideologizarse e imponerse a otras culturas como patrimonio universal. También escapa a la objetivación absurda de situarlos fuera de la historia como derechos naturaleza, ya de la naturaleza ya divinos. Permite ver la emergencia de los mismos en la fenomenología propia de la ontología del ser humano, es decir, como cualidades de un sistema funcional, dialéctico y binario. Creo que este enfoque es mucho mejor que un enfoque tradicional normativista y mucho mejor que un positivismo jurídico, tiene una mayor pretensión de universalidad abierta a la redeterminación por la antropología cultural y el diálogo intercultural, permitiendo un mejor contraste de acciones humanas que atentan contra los derechos humanos y la humanidad en general.


jueves, 23 de febrero de 2017

Persona como sistema dialéctico binario con cualidades emergentes 1a parte.



La persona como sistema dialéctico binario con cualidades emergentes.
Basado en la ponencia presentada en las V Jornadas Internacionales de Filosofía del Derecho del Instituto de Investigaciones  Jurídicas de la UNAM, México, 24 de noviembre de 2017.
Miguel Eduardo Morales Lizarraga.
Descripción y justificación del problema. El sistema dialéctico binario para modelar la persona o ser humano es útil para resolver algunos problemas del pensamiento individualista occidental moderno y con ello comprender soluciones para resolver problemas de la vida cotidiana en la cultura occidental ocasionados por ese individualismo como incapacidad de ver la interdependencia con los demás y con la cultura y el ecosistema con la consecuente destrucción de todos los niveles del sistema la ruptura, anquilosamiento de las relaciones sociales, la necrotización del tejido social.
Descripción y justificación de la escala. La escala del sistema descrito es la escala persona, “individuo”, la escala hacia arriba es la relación social de primer grado, hasta llegar a la sociedad como siguiente nivel y al ecosistema como nivel planetario; la escala hacia abajo, es la interioridad de la persona y la estructura psíquica.
Identificación y descripción del tipo de retroalimentación. La retroalimentación que hay en el sistema está siendo altamente disfuncional o unilateral, retroalimentación negativa, tendiendo a la nula retroalimentación y a la fagocitación de la otredad y a la autofagocitación; se homogeniza el sistema, igualitariza borrando la diferencia, aumentando la entropía y destrucción del mismo. La retroalimentación mejora con la toma de consciencia de la interdependencia, la toma de consistencia del funcionamiento debido del sistema, la expresión libre, la comunicación, pone en común información; se elimina entropía, fricción con el otro, sufrimiento. Esta sería retroalimentación positiva que, si bien estabiliza el sistema lo estabiliza sin homogenizarlo, permitiendo el cambio y desarrollo estables.
Justificación de la utilidad del modelo descrito para ayudar a resolver el problema. El modelo sistémico puede ayudar a esa toma de conciencia, comprensión de los procesos de comunicación y desarrollo, de supervivencia y de vida plena. El modelo estándar de la cultura occidental, sistema cerrado o individualismo no ha resuelto los problemas de incomunicación y violencia que devienen de esa incomprensión, generada por la dominancia de un elemento que se fundamentaliza y se impone unilateralmente a otro y al sistema entero.
Podemos modelar al ser humano como un sistema dialéctico binario, entendiendo a los sistemas como estructuras funcionales, elementos que, en sus relaciones forman estructuras y en la interacción de sus relaciones, que los transforman mutuamente o redeterminan, forman estructuras con mayor o menor grado de funcionalidad, autoorganización y reducción de la entropía –sufrimiento-, o disfuncionalidad, discapacidad autoorganizativa --estructuración rígida con pérdida de interacción, altamente jerárquica y determinante unilateralmente que tiende a cerrar los elementos del sistema- y aumento de la entropía o sufrimiento, estrés del sistema y su esclerotización y destrucción del sistema; es decir, forman estructuras rizomáticas democráticas o estructuras piramidales “mon-arkicas” (monos, uno arje, principio, axioma). Los diferentes elementos del sistema no están o no deben estar, para ser funcionales, organizados jerárquicamente, ni en el sistema persona, ni en el sistema social, ni en el ecosistema; cada elemento es un sistema a la vez que reproduce a distintas escalas las características del sistema y sus cualidades emergentes, es decir, a diferentes escalas los sistemas y subsistemas pueden verse ya como eso, sistemas o subsistemas, o como elementos o “nódulos”, sistemas cuyas interacciones parecen invisibles haciéndolos a parecer a simple vista como objetos concretos individuales, lo cual puede confundirse con un sistema cerrado. Las interacciones entre nódulos forman una estructura rizomática. Tienen la peculiaridad de ser fenómenos irreversibles, es decir, las interacciones los transforman en el tiempo de manera irreversible.
Es sistema dialéctico, entendiendo la dialéctica en dos sentidos. Primero, no es un sistema cerrado ni uno abierto, es un sistema que opera aperturas y cierres. Esto lo diferencia de los sistemas axiomáticos piramidales, son sistemas cerrados con pretensiones de completud y coherencia. Es dialéctico en el sentido de que otro sistema dialéctico, otro ser humano, le hace de contradicción o antítesis redeterminante, transformaciones en las que se hacen menos ajenos sintetizándose y volviéndose antitéticos en otros niveles más amplios, escalas mayores del sistema social y ecosistema. Es decir, en la apertura al otro, en la expresión y en la comunicación, hacemos común unión, solidaridad, propiciando la solidaridad y desarrollo funcional del sistema mayor. El enfrentamiento con otras formas de ser humano, otras formas de vida de hacer, de cultura, cuando no hay dominio unilateral, propicia la fusión sin pérdida de diferencia e identidad.
Por ello también es binario a diferentes escalas. Puede parecer trinitario en el sentido de contar la tesis, la antítesis y la síntesis, pero esta no es un tercer elemento distinto entre los otros, sino los otros redeterminados entre sí, comunicándose y compartiéndose. Es binario porque la presencia de la antítesis es necesaria para el desarrollo y funcionamiento, sin la otredad disfuncionamos, es por ello que, hacia escalas inferiores, es decir, a nivel precisamente de sistema persona, hacia la interioridad y no ya hacia la exterioridad, se interioriza dicha otredad como una instancia parte del sistema psíquico. La estructura del sistema persona, sería la siguiente, donde el súper yo freudiano, hace las veces de antítesis u otredad, un sistema persona diferente y externo, libre pero interdependiente que tiene la misma estructura, pero con sus propias singularidades. Cada uno es una singularidad.
Para la siguiente parte (en el trabajo final) de la modelación del ser humano como sistema dialéctico binario, explicaremos su funcionalidad y disfuncionalidad y las cualidades relacionales que emergen ya de la funcionalidad ya de la disfuncionalidad.

Miguel Eduardo Morales Lizarraga. 23 de febrero de 2017.

domingo, 23 de octubre de 2016

La justicia y el resentimiento. Ponencia del 6 de octubre de 2016. V Coloquio de Retórica, Hermenéutica y Argumentación Jurídica. Facultad de Derecho, UNAM.



La justicia y el resentimiento.
Mtro. Miguel Eduardo Morales Lizarraga.
Ponencia presentada en el V Coloquio de Retórica, Hermenéutica y Argumentación Jurídicas. “la dimensión emocional en la argumentación jurídica”, el 6 de octubre de 2016. Facultad de Derecho, UNAM.
Una figura que me ha sido útil en mis investigaciones, movidas más por la propia angustia existencial de búsqueda de sentido que por curiosidad intelectual o academicista, es la del ser humano como un sistema dialéctico binario.
Es sistema pues es una estructura funcional, un conjunto de relaciones, líneas de ida y vuelta con diferentes niveles de exterioridad e interioridad –mesetas del ser- de comunicación consigo y el exterior, la otredad, que de tanto transitarse y cruzarse forman nódulos que van determinando otras tantas formas de relacionarse. Nódulos que son cambiantes a su vez por la redeterminación de la exterioridad.
Digo dialéctico, pues opera aperturas y cierres. No es un sistema cerrado, aunque puede cerrarse y se cierra, ni un sistema abierto, aunque se abre a la expresión y comunicación. Funcional en el sentido de que se mantienen esas aperturas y cierres permanentes que permiten seguir abriéndose y cerrándose a la información y al procesamiento de la información. Se abre en la comunicación que le permite una común unión con la otredad y se cierra en la reflexión enriquecedora, en la soledad del autoconocimiento.
También dialéctico en el sentido de que está en constante contradicción con el mundo y en constante adaptación, redeterminación, acomodo con él. La otredad, en general, el otro en particular, regularmente juega de antítesis a lo que es y quiere ser; a su voluntad y deseo, y debe hallar la vía negociada, razonada y razonable, para su adaptación del mundo y al mundo.
Por ello, es binario. La otredad está siempre presente o debe estarlo para la funcionalidad del sistema, otredad que inclusive se prolonga en la interioridad como una instancia que permite el funcionamiento aún en soledad. El “otro que yo”, rocouriano y levinasiano con el que dialoga en sus adentros para acomodar la información, la experiencia con la cual continuar al siguiente día. La otredad es tan absolutamente necesaria que se interioriza.
La otredad es absolutamente necesaria, pero no cualquier tipo de otredad, sino una otredad que, por decirlo con la fenomenología poética de Levinas, “acaricie”. La mano que acaricia siempre es una mano abierta que no impone, pero que muestra límites. El niño que no tiene límites o que es limitado en exceso será con toda probabilidad un impotente. La mano que no muestra límites, la mano que impone, deja de acariciar, se cierra para dominar, aspecto éste de la posesión. Y en su cierre se transforma en puño, lista para exprimir o asestar el golpe.
Le dice al niño, “se más, eres más, tienes que ser más, tú vales más que los demás y tienes que imponerte sobre los demás”; o, por el contrario, “eres menos, tienes que ser menos, no vales nada, todos son más que tú”. De una u otra forma, el ser es sometido a la impotencia, ya de la alta expectativa de sí inalcanzable en todo momento, ya de la nula expectativa de sí al garete de la expectativa de los demás.
La otredad se interioriza como opresión, como huella de dolor, como resentimiento. Lo que se aprende, regularmente es a oprimir a violentar, resuena Bécquer ¿por qué acusarme? ¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?
En cualquiera de sus versiones el sistema se cierra, ya no en el cierre enriquecedor de la reflexión que piensa sus relaciones con los demás, sino en el cierre egocentrado que no puede resolver sus relaciones con los demás, más que a través de la relación de dominio opresivo. El golpe deja una herida, y la mano que golpea no ha mostrado las herramientas para procesar en la reflexión y soltar el evento hiriente, la resiliencia necesaria para sanar y seguir funcionando.
Atrapado en sí mismo con la herida que no cierra, que supura todo el tiempo, acontece el resentimiento, el sentir y volver a sentir, la impotencia, la frustración, el miedo a no poder, la ira para transformar la impotencia en dominio, el odio de sí y del otro.
Es menester hacer mención aquí de la dialéctica del amo y el esclavo en su versión de opresor y oprimido. Maltratador y maltratado, victimario y víctima, chingón y chingado.
En la versión hegeliana, el esclavo ha luchado con el amo y ha perdido, ha tenido miedo a la muerte y se somete. Queda sometido en la espera de asesinar al amo y liberarse, o mejor aún, de tener algún día el valor suficiente para intimidar tanto al amo que se le someta transformándose él, en amo. Sólo la toma de consciencia de su capacidad transformadora del mundo le puede revelar su libertad como intacta aún, en el sometimiento al amo, y le revela a la vez que el amo es dependiente de él en su inutilidad e incapacidad de servirse a sí mismo.
En la versión freiriana, no hay opresores y oprimidos, hay opresión, misma que somete a ambos extremos de la relación disfuncional. El oprimido tiene tan interiorizada la figura del opresor que, cuando logra su liberación, regularmente por medios violentos, no logra superar la relación de opresión y se convierte en opresor.
De la misma forma acontece en las relaciones de violencia, por ejemplo, entre pareja, o en las relaciones delictivas, delincuente, víctima del delito. Regularmente no existen las herramientas –no hubo una mano que acariciara- para resolver, queda el rencor, el resentimiento, el deseo de venganza que, a la menor oportunidad convierte al maltratado en maltratador y a la víctima en victimario.
Demasiadas veces –y eso que nunca me he dedicado al derecho penal- he visto este proceso, por ejemplo, como espectador de un movimiento ampliamente reconocido de víctimas de la delincuencia que lucha por la paz y la justicia, a mi parecer, perdió la iniciativa cuando algunas de las víctimas de la violencia no pudieron hacer el proceso de resiliencia, cerradas en su dolor y cegadas en su sed de venganza. Comprensible.
Octavio Paz describe una parte del carácter y cultura del mexicano a través del concepto mítico de la chingada, como la madre violada. No sólo es propio este concepto de la cultura mexicana, sino que en general, el dolor y resentimiento de la conquista pervive en los pueblos hermanos de Latinoamérica, los indígenas, los oprimidos de múltiples caras, los desiguales, los desplazados económica y físicamente, discriminados socialmente, culturalmente; muchos conservan la opresión en su seno, a espera de ejercerla. Cito esta parte de las famosas palabras de “El Laberinto de la Soledad”:
“Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de "lo cerrado" y "lo abierto" se cumple así con precisión casi feroz.” Fin de la cita.
Marion Young define la opresión como una injusticia sistémica, estructural, que es ejercida por un grupo, dominante, pero no, o no sólo de manera directa sino también indirecta, culturalmente, sobre un grupo oprimido. Esta opresión tiene en su concepción cinco caras que parafraseo: la carencia de poder, en la que a un grupo se le separa del ejercicio de su poder como seres humanos y de la participación política en la toma de decisiones; la marginación en la que hay exclusión además del sistema de reparto de bienes y servicios, de los beneficios y satisfactores sociales elementales; la explotación, en la que también son separados de los bienes y servicios, beneficios y satisfactores que ellos mismos producen; el imperialismo cultural, en el que se obliga a dicho grupo a adoptar la forma de vida del grupo dominante para ser reconocido o la forma de vida que el grupo dominante regula debe tener el oprimido; y claro, la violencia, que es ya directamente herir, humillar, lastimar, desintegrar e inclusive suprimir. Desintegración no sólo física, violencia no sólo física, sino psicológica y hasta existencial.
El derecho moderno –lo he compartido en otras ediciones de este mismo coloquio- es un derecho que se forma en las transformaciones de las revoluciones liberales y que, consecuentemente, responde a los intereses de la clase social que se convierte en dominante y capaz de poner el derecho y hacerlo pasar como universal. Un derecho diseñado para proteger transacciones comerciales y acumulación de capital, no para proteger personas.
Este derecho se engarzó muy bien con la transformación de la cultura de occidente, que de un modo u otro siempre ha sido cultura afirmativa, siguiendo la definición de Marcuse, pero que en la época de posguerra se transformó en todo un sistema cultural, el sistema capitalista de consumo adictivo.
Así, aquellos derechos consagrados en las constituciones liberales y las siguientes generaciones de derechos, se vuelven mera ideología. La membresía a la humanidad, como objeto con la inherencia de dichos derechos, no es ser humano, es ser consumidor. Y si no se es consumidor se es consumible. La cultura afirmativa obliga a consumir para hacer el reconocimiento de humanidad.
Los oprimidos, excluidos, explotados, marginados, violentados socialmente, se ven todo el tiempo, presionados para alcanzar el estándar de reconocimiento que está mediatizado por el consumo, sobre todo por el consumo suntuario y, al no poderlo alcanzar, pues el sistema inclusive está diseñado para que no todos lo puedan hacer, terminan resentidos. Son los chingados del sistema que esperan, en su resentimiento, tener la oportunidad de chingar, de trastocar su carencia de poder en dominio y oprimir a su vez, tomar, arrebatar, aún de manera violenta y criminal, lo que les es obligado desear, pero les es impedido alcanzar.
Al tiempo que reflexionaba sobre el tema que elegí presentarles hoy y me preparaba para escribirlo y poder leérselos, se atravesó una noticia desventurada. El acuerdo de paz de Colombia no alcanzó la mayoría de aprobación de la población. En realidad no alcancé a leer las editoriales y opiniones que analizan las posibles causas, pero yo especularé una: el resentimiento. Alcancé a leer un encabezado que decía más o menos así: “Colombia no le dijo que no a la paz, le dijo que no a las FARC”, la guerrilla que perdió todo sentido de lucha social y se convirtió en una pesadilla no sólo para la clase social que combatía o decía combatir sino para todo el pueblo, sobre todo para el pueblo que decía representar.
Muy probablemente el reclamo sea de justicia ¿pero de qué tipo de justicia estamos hablando? Muy probablemente sea justicia vindicativa, justicia retributiva, justicia de venganza, primitiva en su talión (“ojo por ojo y el mundo quedará tuerto”). Probablemente se ha perdido, por lo pronto, la oportunidad de aplicar una justicia transicional que en la experiencia de otros países de la región ha resultado tan provechosa para transitar, como su nombre lo indica, a una justicia restaurativa. Más vale un mal acuerdo, dicen, que un buen pleito.
El resentimiento mata más personas que todo lo demás, las balas se disparan más por resentimiento que por legítima defensa. Por voluntad de dominio, de dominar y oprimir o mantener la relación de opresión. Cuando el resentimiento dice “ni perdón ni olvido”, creo yo que comete un grave error. El proceso de perdón en la resiliencia no es, o no solo es para el victimario, es inclusive, de la víctima para consigo misma, perdonarse por ser víctima.
Pensemos ahora en la transición exitosa de Sudáfrica, de un sistema altamente opresivo, de exclusión y marginación y las demás caras de la opresión pues siempre acontecen todas juntas ¿cuál fue la política de Mandela? Política del perdón y del reconocimiento. No se trata de que el criminal u “ofensor” como se da en llamar en la justicia restaurativa se salga con la suya. Se trata de eliminar el resentimiento, el resentimiento que queda en la víctima, el resentimiento que trae el agresor, resentimiento social por ser marginado de lo que por otro lado se le obliga a tener para reconocerlo, y el resentimiento que guardará con encono por ser castigado sin un verdadero proceso de reparación social. Proceso que nuestra justicia, que nuestro país, dista muchísimo de logar.
Llamo ahora su atención a eventos más terribles, imperdonables. Está aconteciendo un verdadero genocidio de género en el Estado de México, principalmente; los desaparecidos aumentan, la criminalidad en general parece que también y el revanchismo social está a la alta. Amanecimos esta semana con terribles noticias que ensombrecieron a nuestra facultad como comunidad.
Ante esta ola de violencia, el resentimiento social crece y el reclamo de “justicia” si es que la justicia retributiva puede ser plenamente por lo menos justicia, llega hasta la desesperación. Circula en redes sociales un “meme” que llama a un “Pacto ciudadano. Si hacen justicia frente a mí, no vi nada, no escuché nada, no sé de qué me hablan. Por un México sin rateros”. La directa es contra la corrupción y la impunidad.
Circula otro “meme” en el que un niño le pregunta a su padre: “–¿Si matamos a todos los ladrones quedaríamos sólo los buenos, papá? –No hijo, sólo quedaríamos los asesinos”.
Qué difícil, ante el resentimiento, explicarle a los resentidos que los derechos humanos, no debieran, fuera de sus usos ideológicos como el que he señalado con anterioridad, instrumentalizarse para defender delincuentes, qué difícil explicarles eso a los estudiantes de derecho. Qué difícil me ha sido entenderlo yo mismo desde mi posición privilegiada en la que por fortuna y casi meramente por fortuna, nunca me ha pasado ni a mí ni a mi familia, algo grave. “Claro –me dicen- si le pasara algo a un familiar tuyo no pensarías igual”. Y es completamente cierto. Por eso deseo que haya un verdadero sistema de justicia, una justicia restaurativa que me permita no tener que decidirlo, que me facilite las herramientas para curar el dolor y eliminar el resentimiento, una justicia que, en primer término, haga justicia social para que no haya un resentido que me arrebate lo que amo.
Justo ese es el asunto con la tortura institucionalizada, oficial. Cuando afirmamos que es justo torturar a un torturador –pues el torturador ha perdido su dignidad y no merece ser respetado cuando ha faltado el respeto. Cuando siguiendo ese razonamiento torturamos y faltamos al respeto, no quedamos los justos sino los justicieros, los irrespetuosos, los torturadores. La dignidad que está en juego, no es la del otro que ya la perdió, es la nuestra, la dignidad de la institución, la dignidad de la oficialidad. Deseo una justicia que no me permita rebajarme a perder mi dignidad en el dolor y el resentimiento de la venganza.
Nuestro país intenta transitar de una justicia inquisitorial, a una justicia acusatoria, vale decir, retributiva a restaurativa que repare el tejido social y que elimine el sufrimiento, que palíe el dolor padecido y destierre el dolor infligido, para usar las categorías que Ferrajoli ocupa de Natoli. ¿Qué tanto se podrá lograr sin una justicia transicional, una justicia social, un cambio de sistema de consumo que elimine la enajenación al mismo para beneficio de unos cuantos enajenados a su vez a ese beneficio material? ¿Qué tanto será posible sin que como sociedad tengamos las herramientas para, por lo menos, paliar el resentimiento, ese resentimiento atávico del “no me chinguen” o el “a ver a quien me chingo”?
Por último quisiera terminar con un poema de Salvador Díaz Mirón, Justicia:

Fuerza es convenir en ello:
Todo hombre es un pecador
No hay nadie que en su interior
No esté con la soga al cuello.

Ceñudo y calenturiento
Sacudo la frente fiera,
Como si así consiguiera
Arrojar el pensamiento.

Pero altivo en mi tormento
Miro el tiempo que pasó
Que las faltas en que yo,
Frágil como hombre, incurrí,
Podrían afligirme, sí;
Pero avergonzarme, ¡no!

Dicen que todo mortal,
Hasta el que lleva una palma,
Es, por el fallo de su alma,
Un condenado al dogal

Mas no tiene suerte igual
La púrpura y el andrajo:
Cuando el culpable no es bajo,
Es menos vil su sentencia
Por eso es que yo en mi conciencia
Reclamo el hacha y el tajo.

Gracias.